A veces se cogía una
forma suave de la enfermedad, pero muy a menudo atacaba virulentamente hemorrágicas
que se volvían oscuras, la enfermedad fue llamada la «peste negra».
En un mundo que
desconocía la higiene, la peste negra se propagó inconteniblemente. Se cree que
mató a 25 millones de personas en Europa antes de desaparecer (más porque todas
las personas vulnerables habían muerto que porque se hiciese algo para
detenerla), y muchas más aún en África y Asia. Alrededor de un tercio de la
población de Europa murió, y quizá más, y pasó siglo y medio antes de que la
procreación natural restaurase la población europea al nivel que tenía por la
época de la batalla de Crécy. […]>>
>>Ciudades
enteras quedaron despobladas; los primeros en morir quedaron insepultos,
mientras los sobrevivientes iniciales huían, difundiendo la enfermedad allí
adonde llegaban. Las granjas quedaron sin atender; los animales domésticos
(que también murieron por millones) deambularon sin nadie que cuidase de
ellos. Naciones enteras (Aragón, por ejemplo) quedaron tan afectadas que nunca
se recuperaron realmente. […]>>
>>El populacho
aterrorizado tenía que entrar en acción, No sabiendo nada de la teoría de los
gérmenes ni del peligro de las pulgas, incapaz de mantenerse limpio en una
cultura más bien recelosa de la limpieza por considerarla mundana, no podía
hacer nada útil. Pero podía hallar un chivo expiatorio, y para eso siempre
estaban disponibles los judíos.>>
>>Surgió la teoría de que los judíos habían
envenenado deliberadamente las fuentes para destruir a los cristianos. El hecho
de que los judíos muriesen de la peste al igual que los cristianos no
fue tenido en cuenta para nada, y se hizo con ellos una
implacable matanza. Por supuesto, ello no contribuyó en nada a disminuir el
flagelo.>>
ASIMOV, Isaac, La formación de Francia, Madrid, Alianza
Editorial, 1982, págs. 163-166
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